Cowboy Dreams

Antes de leer

⚠️ FICCIÓN +18 🌡️

Escribí este relato queer, short story, +18 por contenido erótico explícito. Exploro una fantasía a través del erotismo en la literatura queer de horror rural.

Es apto para lectores adultos, Adult Fiction.

El relato

Era un pueblo en Nueva Gales del Sur: rodeado por montañas, con un parque junto al lago y casas con jardines impecables. Sin embargo, el lugar parecía un pueblo fantasma, o quizás yo estaba tan acostumbrado a la insufrible aglomeración de gente en la ciudad que un poco de paz me parecía extraña.

La mayoría de las casas y lotes tenían letreros de ‘En venta’. Las tiendas, a pesar del verano estaban destinadas al alpinismo —ropa para el senderismo, esquís para la nieve, cuerdas de escalada o canyoning—.

No eran solo el absurdo de las tiendas, sino que hacía mucho calor en el pueblo y nadie compraba nada. Las personas traían su propio disfraz de descomplicado roadtrip familiar: la cara blanca, pastosa por el protector solar, camisetas con estampados y zapatillas descubiertas, shorts cortos y todo tipo de gorras. Eran turistas como yo. El chico latino y su pareja australiana, nada especial, un cliché gay que parecía repetirse entre los gays de las otras nacionalidades con un enamorado local.

Al atardecer, luego de realizar las compras necesarias, nos acomodamos en un Airbnb. Era una tiny house con vista al lago. Tomamos turnos para bañarnos. Cuando me disponía a tener una noche tranquila, sumido entre mis libros y revistas, Laurence propuso salir a tomar una cerveza, aunque a mí se me antojó un vino. Había leído casi toda la tarde, por lo que sentía que me merecía una recompensa.

Intenté acomodarme el cabello, una melena negra imposible. No fue fácil, pero hice lo que pude con lo poco que había traído. En un viaje como el que hacíamos no se trae mucho. Afuera la noche refrescaba, así que me puse calzado rosado con plataforma y un overol delgado por encima del cuerpo desnudo; tenía el cabello mojado, pegado a mi piel canela.

Laurence es como una brújula; lleva en su brazo un reloj inteligente. Él dice que le conecta con el mundo, que si no sabes usar un teléfono móvil, no sobrevives en una economía tecnológica. A mí me parece que él es uno con la tecnología: sabe a dónde ir, aparcar el auto, encontrar los mejores lugares y precios.

Para nuestra sorpresa, la noche trajo una atmósfera impensable, diferente al día. En los dos pubs del pueblo había grupos de personas en sus veinte. Los chicos eran atractivos, como estar en la ciudad, con la diferencia de que vestían camisas monocolores o de cuadros, botas de cuero y sombreros de vaquero. Las chicas llevaban faldas cortas, blusas de colores pastel o blancas, botas altas de cuero y sombrero de vaquera. La mayoría eran blancos, rubios, con ojos multicolores.

Me sentí extraño: mi atuendo no encajaba en nada con el glamour del pueblo. Laurence lo mismo: estaba bastante casual con sus shorts y una camisa de mangas largas blanca de lino. Sentía algunas miradas, de las que juzgan, pero no me importó, me sentía protegido. Entramos, todos se veían bebidos, rudos, ruidosos, con sus sombreros pintando otras épocas, mientras le gritaban al deporte de turno en los televisores. A la música tampoco le presté mucha atención, pero era algo instrumental.

Una de las bartender nos atendió: una chica rubia, menuda y delgada. Su cara era inexpresiva, sus movimientos torpes y atendía mal. Regaba la cerveza queriendo quitarle la espuma hasta dejarla igual de espumosa. No importa. Tampoco buscaba sonrisas, solo quería pasar un buen rato con mi libro de turno “negative space” de B. R Yeager, disfrutar la compañía de Laurence, y tomarme mi copa de pinot noir.

Cuando nos sentamos en frente de la barra, me vi en un espejo; este me devolvía la mirada: un chico que acababa de levantarse de la siesta. Mi cabello se había secado mal, era como una esponja de rulos oscuros. Me apresuré a buscar el baño de hombres para acomodarme. Cuando al fin estuve ahí, escuché risas y una charla entre varones. Era un grupo de chicos bulliciosos por el área de los urinales. Desde los lavabos me imaginaba que consumían alguna droga, como cuando se encierran en grupos en los cubículos de los baños de los clubes en la ciudad. Dentro de mi cabeza la imaginación me alcanzaba a eso, que un grupo como ese no tendría ningún otro motivo: drogarse.

No vi sus sombras cuando llegaron, ni el reflejo. No escuché nada, pero sentí una fuerte nalgueada, dedos que se incrustaban en mi carne. Sentí el morbo porque me agarró de tal forma que invadió mi intimidad. Casi me desencajaba la cadera; fue fuerte, ruidoso e inesperado. No sé si fue mi impresión, pero sentía que cada uno de esos dedos buscaba llevarse algo de mí.

Estoy casi seguro de que él sintió más que yo. Yo sentí el dolor, la vergüenza, la invasion a mi intimidad, la sumisión forzada y la debilidad en mi delgadez. Pero él tenía mi carne en su mano, mi carne suave, limpia, sin pelo y casi sin barreras de tela. El overol me marcaba muchísimo la cintura y la tela apenas me protegía del exterior.

En ese momento no podía detenerme a pensar en detalles, pero sobre todo sentía vergüenza. Me di vuelta, asustado, incrédulo de lo que estaba pasando. ¿Por qué me había nalgueado? Por vestirme diferente.

—Oh my God —, grité, aterrado, y ahí fue cuando los vi.

Eran tres. El que me había golpeado traía una sonrisa traviesa, de dientes rectos, blancos; sus facciones delicadas, un rostro hermoso de ojos turquesa, cabello rubio oscuro con matices dorados; medía aproximadamente 1.88m de altura, me miraba con una expresión dominante, diez centímetros por encima.

Detrás de él y con la misma estatura, su amigo tenía cabello ondulado brunete. Me exploraba con mirada dominante y curioso.

—Hey. Get in there! —gritó el que me había golpeado.

—Yeah. Get the fuck in there! —le siguió este, aún más fuerte, con su voz ronca, el chico brunete; Esta vez indicando los cubículos.

El tercero de ellos, de cabello rubio, corto y lacio, con ojos celestes, se sostenía en la pared. Irradiaba confianza, aunque estaba soportando una risita burlona; también sentí que exploraba mi cuerpo de arriba a abajo.

En cuanto pude moverme, recuperado de esa parálisis de segundos, salí asustado. ¿Qué me había pasado ahí? Lo primero que sentí fue arrepentimiento por no quedarme, y es que soy muy tímido. Cuando algo inesperado me pasa, no sé responder, prefiero escapar.

Me senté junto Laurence, sin saber qué decir. Tenía las mejillas rojas. Aún sentía esos dedos en mi piel. Me sentí objeto, deseada, elegida, bonita. Pensé en ese juego tan masculino de tocarse como a una chica, en la fragilidad que desencadena esas sensaciones en ellos, en mí. Lo he visto antes, lo conozco bastante bien. ¿Digerirlo? Imposible, tenía que saborearlo.

—Debemos irnos. Este lugar no me gusta. Estos chicos están demasiado borrachos. —dijo Laurence.

Sospechaba que su advertencia tenía que ver con aquellos que me abordaron en el baño. Ya habían salido de ahí, ¿acaso estaban espiándome, analizándome, revisándome? Les había gustado intimidarme, arrinconarme, ver mi rostro impasible —un rostro sumiso, asustado—, un chico a quien hacerle bullying, encerrar en un cubículo, usarlo: más esbelto, femenino y gay.

No quería que Laurence se terminara su cerveza. Quería saber más, quería que hubiera problemas, quería que me sucediera una eucatástrofe en la que terminaba sobre la mesa de billar —amarrada boca abajo—, con las manos de aquellos tres mal vivientes, explorándome, buscando las respuestas de su repentina ira, golpe de violencia e intolerancia.

Siento cómo alguien se apoya en la mesa, justo frente a mi novio. Me mira los labios, no consigo sostenerle la mirada, luego mira a Laurence. Es el chico de los cabellos brunete, ahora con un cigarro en la comisura de sus labios. Me pierdo en un lunar que parece una semilla que arde entre sus labios de lava. Se incendia mi garganta, mis oídos casi colapsan, un silbido y no puedo escuchar nada de lo que se dicen.

Laurence parecía negar con su rostro y mirarle a brunete; se marcan sus expresiones faciales, dibujó una sonrisa forzada. Se sumaron sus amigos; uno asentó una cerveza en nuestra mesa. Siento que nos rodean, de izquierda, derecha y al frente. El espacio personal se perdió. Los vi sonreír a los cuatro, y brindar, aunque Laurence parecía incómodo. Sonreí un poco, sin hacer contacto visual.

Ocurre lo inimaginable: siento que unos dedos comienzan a acariciarme el muslo. Mi piel se eriza de inmediato y le doy un sorbo a mi copa de vino, intentando soportar que se me acerque, que su brazo lleno de rulos rubísimos se frote contra mi piel. Algo entonada con el vino, aprovechando que mi novio les pregunta por un senderismo cercano, busqué la mano y con algo de delicadeza introduje mis dedos. Sus dedos son grandes, tienen la largura y la forma perfecta.

No puedo dejar de morderme el labio; levanté la vista y comencé a mirar con interés los ojos del rubio, un círculo turqués del que no se distinguen las pupilas, y unos labios anchos, la barba de dos días sin rasurar.

Mientras brunete distraía a Laurence con consejos para el hiking, el rubio me hizo un gesto con el que se despidió. Tras de él iban sus amigos y escuché las risitas. Miré hacia abajo, no sabía si sentir vergüenza o culpa. Laurence sonrió y presumió la nueva amistad, lo amable que fue, y los consejos lo que le ha dicho.

Volvimos al Airbnb; el dia siguiente seria largo. La idea era comenzar a escalar antes del mediodia. La adrenalina se me había disparado aquella noche y no pude dormir al instante.

—¿Pero qué se cree esta gente, en realidad son vaqueros? —me quejé.

—Tú no entiendes Australia. Son vaqueros reales. Cuidar a los caballos que vimos camino es su trabajo, y se les paga bien por eso. —dijo Laurence.

En cambio, yo, con un pensamiento importado, no le podía creer. Los chicos tenían los dientes rectos, pieles brillantes, eran altos y bien cuidados. No podían ser chicos rurales. Prejuicios y más prejuicios.

—Son niñatos ricos de Sydney. Seguro tienen ancestros en el pueblo. Abuelos que fueron vaqueros. Qué sé yo, pero nada es auténtico, son disfraces de vaquero. Quizá un legado de la identidad familiar —le respondía a Laurence, que se quedaba dormido.

Así discutimos sin ganas, sobre los vaqueros masculinos y rurales hasta ambos quedarnos dormidos.

En el horizonte, las montañas secas pintaban una pelusa gris, montañas que parecían ratas gigantes dormidas. Volvía por un camino donde la arena era más clara; a los lados las plantas con sus espinas amenazaban meterse en mi piel. Al mirar hacia abajo vi que andaba descalzo, que apenas llevaba la piel de un animal que me cubría del hombro hasta las rodillas, por la cintura amarrada con lo que parecía cuero tenso.

El silencio se rompe; escucho una voz que dice mi nombre desde algún lugar. La voz de un chico: es alto, de ojos negros, vivos, grandes. Tiene una mirada inteligente. Me abraza, me toma la mano, yo me dejo llevar por él. Sus labios me besan, sus manos se pierden bajo la piel de bestia que llevo encima. Me hace el amor, —él siempre atrás, yo respirándole a la arena, con las piernas entrecerradas y la cadera levantada levemente, arqueando mi espalda baja. Así le gusta a él, así me lo enseñó el tiempo juntos.

De repente escucho un disparo y las partículas de sangre lo manchan todo.
Son tres, son desconocidos, son altos con voces atronadoras. Llevan uniformes, chaquetas rojas, bayonetas y cantimploras. Caminan a mi alrededor, patean a mi novio muerto, se burlan mirándome, —percatándose que no soy una mujer, pero parece que les importa poco— me tironean, me toman del brazo, me dejan caer, me levantan, me lanzan el uno contra el otro, riéndose, mirándome como un pedazo de carne que se come golpeado. Uno de ellos me golpea el abdomen, el otro me toma del cuello con desprecio.

Se ríen para no babear, me escupen. Tengo saliva por todas partes. El primero se arrodilla detrás de mí; escucho la bragueta bajarse y suena el despertador. Estoy en el Airbnb, la cama es suave.

—Fui Pocahontas con la canción de Colores en el viento sonando en el fondo —le digo a Laurence.

Él me mira, no entiende, lo veo bajar y encender la cafetera. No puedo quitarme la sensación de cuerpo escupido. Tengo que refrescarme, tomo un baño. Solo fue un sueño, me repito a mí mismo y mi novio me tiene listo el desayuno. Me mira con amor, con una mirada inteligente de ojos azules —me puedo sumergir en ese océano de bondad; nunca se termina, es más luminoso a medida que llego al fondo—.

Una vez ambos estuvimos listos, fuimos a hacer hiking en el parque nacional. A simple vista parece un tramo agradable, pero da mucho tiempo y tengo la mente ocupada, trastornada. No consigo olvidarme de la nalgada. Me preguntaba: ¿Qué hubiera pasado si me hubiera quedado ahí observando de que otra acción abusiva eran capaces? ¿Qué era lo que realmente tenían en mente? Se estaban divirtiendo, ¿o sería un ataque homofóbico o lo que planificaban? No sé con certeza, prefiero pensar que en su mano tocándome existía un disfrute, no fue un golpe, que había deseo, no homofobia. Una malicia que había visto antes: un goce visual, una reafirmación de dominio y humillación.

—Rápido, ven al puente —dice Laurence.

Odia quedarse atrás. Siento culpa por lo que ocupa mi mente, no espero, avanzo, trepo raíces, piedras —no me importa nada— hasta que llego a lo que parecen tres piedras a las que atraviesa el camino.

—Te espero aquí —le digo.

Me quedo a respirar cuando escucho las ramas crujir. Doy dos pasos hacia atrás.

—No puede ser, estoy alucinando —chillo en voz alta.

Frente a mí están ellos, los chicos del pub, la pesadilla.

—De esta no te vas a escapar. Quick get in there! Yeah, fuck, get in there!

One response to “Cowboy Dreams”

  1.  Avatar
    Anonymous

    AHHHH I LOVE IT

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