El niño y el bosque de los nomos

Antes de leer

Escribí este cuento corto para explorar la Literatura Infantil y Juvenil (LIT). Es apto para lectores de 9 a 11 años, junior fiction.

El cuento

Mateo amaba los chocolates, aunque vivía en un pueblo y era difícil conseguirlos. Sus padres, campesinos humildes, no aprobaban esta fascinación por los dulces porque no podían permitirse el lujo de comprarlos. En lugar de eso, preferían alimentarle con buena comida.

Una noche que no podía conciliar el sueño por el sonido de su estómago, decidió dar un paseo por el bosque detrás de su casa. Este era su lugar favorito, le aportaba paz y ensoñación.

Especialmente por la noche, cuando la luz de la luna dibujaba en el musgo y los árboles figuras de pequeños hombres barbudos. Mateo imaginaba que estos eran verdaderos gnomos, no como los de cerámica en su jardín, sino de los que llevaban consigo monedas de chocolate.

A medida que avanzaba por el bosque, se fue sintiendo cada vez más cansado hasta que finalmente encontró un claro donde acurrucarse y admirar la luna en su plenitud. Poco a poco sus ojos le pesaron, y en un estado entre despierto y dormido comenzó a escuchar pisadas leves acercándose sobre las hojas secas.

Pensó que podrían ser sus padres, que lo habían seguido. Tal vez habían descubierto que se aventuraba en el bosque a altas horas de la noche. Pero las pisadas no parecían humanas, eran tan ligeras como las de un gato, incluso más diminutas, como las de una rata o un ave.

Se mantuvo en silencio. Las aves no caminan en la noche, las ratas no se acercan a quien no tiene algo que ofrecerles. Recostado en el césped, se quedó mirando la luna, como si ese queso gigante le fuera a dar la respuesta de lo que se escondía en los arbustos. Y se quedó dormido.

Cuando abrió los ojos, vio que unos pequeños seres con barba de musgo jugueteaban con su nariz y orejas. Eran los gnomos del bosque. Mateo no podía creerlo, había estado en lo cierto todo este tiempo, los gnomos eran reales.

Los pequeños seres, asustados al verlo despierto, no tuvieron tiempo de huir y le ofrecieron monedas de chocolate para comprar su silencio. Desde entonces, los padres de Mateo no volvieron a escuchar a su hijo quejarse por no tener chocolates.

Mateo aprendió a arriesgarse, a creer en sí mismo, pero sobre todo a guardar secretos y ser agradecido. Se convirtió en el niño más feliz del pueblo, y todo gracias a los gnomos del bosque.