Antes de leer
⚠️ FICCIÓN +18 ⚠️
Escribí este relato queer, flash fiction. Contiene temática madura, con carga emocional, como los celos, la traición y la venganza.
Es apto para lectores mayores de 18 años.
El relato
En una mañana nublada, el viento sopla sobre los eucaliptos como una amenaza de diluvio. El luto envuelve a la manada. Emilio ahora percibe la verdad detrás del velo negro. Así llamaba el Alpha, poéticamente, a las nubes de tormenta. —Cuando aparece el velo negro, asegúrate de cubrirte con la piel adecuada —, le había advertido.
A través del velo que disfraza la verdad, Emilio ve a Sean: sus ojos cambian de color, su piel parece seda perlada por el sudor y su cabello erizado. Se delata su verdadera naturaleza de animal salvaje, enjaulado, asustado; intenta parecer más grande, mientras contempla la tumba del alpha sin señales de culpa en las expresiones de la cara.
Esos rasgos juveniles y el porte delgado, de huesos finos y cuello alargado; lo hacen parecer inusualmente delicado. Incluso la hendidura en su pecho débil le confiere un porte elegante. Se parece a un gato maravillado por la luna llena. Mira la tumba con la intensidad, miedo y pasión de un guerrero que sabe que va a morir; entre resignación y certeza.
Como criptógrafo descifrando un código, Emilio comprende que se ha equivocado con Sean. Él nunca podrá amarlo, ni serle fiel.
Se siente paralítico de espíritu, incapaz de moverse de la verdad que lo atormenta. Se aferra a su asiento, respira hondo y como si se ahogara en la crudeza de su verdad, deja salir una nube de vapor caliente de su boca.
Todo se reduce a un error fatal. Haberlo conocido, presentado a su manada y verlo demostrar con descaro que es un ser ingrato y destructivo.
El interés es el motivo real. Aunque para el Alpha y Emilio, las caricias de Sean se sintieron reales. Fueron una emoción, una falsa promesa de felicidad y futuro. Por eso, Emilio se vio obligado a envenenar al Alpha con carroña de ciervo contaminada de matalobos.
Se aferra con sus garras a los brazos de la silla, mientras recuerda el momento en que el cuerpo del alpha se consumió por el veneno.
Antes de cometer el pecado capital, quiso dejar a Sean. Pero de abandonarlo, nunca más se aferraría a la cabellera negra temperamental, ni devoraría los labios de frutos carmesí siempre húmedos, dulces; ni se perdería en la sonrisa juvenil que escondía los placeres que se le arrebataron con la traición.
Si ya tuvo suficiente de él, ¿por qué le cuesta dejar de desearlo? El lazo que le une es como estar atrapado en una crisálida construida por y para sí mismo; una cárcel de fotografías mentales y momentos perfectos, casi imaginarios. Inútil quimera que sobrevive con la muerte de su primera primavera y emerger del invierno perpetuo. Espinas que lo atrapan y atraviesan el insistente imaginario de Sean y él juntos, perfectos y oníricos.
Emilio arroja unas flores violáceas sobre el ataúd, mientras la manaza le echa tierra encima y aúllan la despedida al viejo líder. Entierran las flores de amargura y culpa en el sepulcro púrpura.
—Fuimos compañeros de batalla, alpha. Pero tuviste que quitarme a Sean —, susurra Emilio. Se gira hacia Sean y ve al nuevo sucesor, ‘el nuevo alpha’, abrazarlo. Sus largos dedos se deslizan por su espalda, atravesando cinturón y pantalón hasta los placeres ocultos del esbelto Sean.
Con tristeza convertida en ira, Emilio clava sus garras en su propia carne hasta sangrar. Por cómo se miran, Emilio pronto tendrá que cazar otro ciervo y recolectar matalobos.
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