Antes de leer
⚠️ FICCIÓN +18 🌡️
Escribí este relato queer, short story, que contiene temas eróticos explícitos. Es apto para lectores mayores de 18 años.
El relato
Desayuno un cigarro que acompaño con un café, mientras me estiro para abrir la ventana. Afuera el día no pinta ningún color, pero el aire que corre es mejor que contaminarme con el aroma a muerte en casa.
Me visto con una camisa negra, pantalones de tela gris, unas botas que fueron de mi padre y un abrigo negro. No puedo evitar recordar a Davis. Es que rumiar en él no es raro, lo raro es que me guste tanto.
—Brelvia amargo hogar —, pienso en voz alta, con mi mirada en los picos góticos en las casas, las tejas grises y el cielo siempre nublado. Apenas somos medio millón de habitantes y hay más gatos que personas en las calles.
Bajo las gradas, acercándome a un espejo en el vestíbulo. Un joven al que los huesos se le marcan en la cara, desnutrido, con prominentes ojeras verdosas en una piel pálida y seca, me devuelve la mirada. Le sonrío al reflejo, sé que soy yo, estoy enfermo y no quiero hablar de ello.
Salgo de casa, camino por las calles empedradas. Mi calzado no produce sonidos al tocarlas, soy muy sigiloso. A nadie le interesa esta ciudad-estado, ese es el término político. Es un repelente decadente, aquí no entra nadie, solo salen los que pueden.
Se sabe que algunos países invaden a otros. Eso no pasa aquí, pero a veces me gustaría que sucediera, pienso. Tiro lo que queda del cigarro sobre las rocas y pisándolo hasta apagarlo.
El café me da energía para seguir errando por las calles. Y es que no les interesamos a las grandes potencias. Nuestras casas son simples y antiguas, en su forma eterna; de roca por fuera, adentro madera ennegrecida.
Quien camina por las calles es porque quiere que los gatos le rodeen, ataquen y roben la comida. Miro un grupo de gatos, están esqueléticos y enfermos. Caminan con descaro en grupos de a seis; parecen patrullar las calles en busca de comida.
—¡Malditos gatos! —, digo, y hago ademán de tomar una roca debajo de una arboleda muerta. Las ramas parecen falanges blancas sin hojas. Los gatos corren por los laberintos de caminos medievales. Aquí todas las casas y callejuelas son similares, como micro mansiones góticas.
‘Tiempo distinto’, escribo con un marcador sobre un vidrio roto en una de las casas. Aquí hubo opulencia, pero todo quedó en el pasado. Miro a los techos oscuros, altos, con puntas como lanzas. Hay formas alargadas por toda Brelvia, en las puertas, ventanas y cercas.
De repente, llego a una de las murallas donde comparten pared las casas. Está infestada de grafiti y olor a meado. —Los famosos laberintos de Brelvia —, digo como si la ciudad tuviera algún interés turístico.
Camino a través de uno de los túneles que atraviesan las murallas. La luz no alcanza, es tan escasa que la oscuridad parece apoderarse. El sonido del vacío y el aroma al moho me hacen sentir un cadáver bajo tierra.
Algunos gatos rasguñan las rocas como si se prepararan para atacarme. Aquí la luz nunca toca; es mirar al pasado y mirar a la noche, a una maldición. Mi abuela decía que los gatos son los verdaderos habitantes de Brelvia.
Salgo del laberinto sintiendo una eternidad en mi espalda. Me siento a fumar otro cigarro bajo uno de los pocos monumentos de la ciudad, ‘Plegaria a la Plaga’ lo llaman. Aquel esqueleto de piedra montado en un caballo toma la mano de una doncella que se cubre la mitad del rostro con un paño. Está construido en piedra negra con expresiones románticas que transmiten desesperanza.
Dicen que es para recordarnos el tiempo de la peste en la ciudad. Tras el asesinato a los duques y la liberación, la peste casi termina con la ciudad. Se supone que nos salvaron los gatos. Por ellos somos una democracia, independiente y moderna, pero con un alma vieja.
—¿Verdad, minino? Nos salvaron comiéndose a las ratas enfermas —, digo a uno que asoma su desfigurado rostro desde las sombras en los muros.
Lo más extraño de Brelvia es la supervivencia: o formas parte de la economía local, construyendo programas de computador, o trabajas grabando pornografía.
Miro al horizonte a un grupo de torres de vivienda social soviética. —Esos laberintos del cielo son otro gaje de la historia, ahora privatizados y sin valor. Davis vive en uno de esos —, digo.
Recuerdo la primera vez que le vi: su cabello negro azabache desordenado y, esos ojos que parecen rotos y se derraman en ríos de agua salada cuando se siente solo.
Estaba espiando en un rincón, cuando Davis habló con el director del instituto, un viejo presbítero ortodoxo. Le contó sobre la beca para estudios de la universidad. La guerra en aquel país donde estudiaba. La decisión de no volverse a su país de origen, fuera de Europa.
Así logró convalidar los estudios en Brelvia, supongo que con la ayuda del presbítero.
Me termino el cigarro y llego a mi destino, un árbol desde donde espiar a Davis sentado sobre el pasto. En sus brazos sostiene un bolso de los que tienen cordones que lo abren y cierran. En su mano su móvil sin carga.
Supongo que terminó las clases y al salir revisa sus redes sociales. Puedo notar su respiración acelerada, la angustia de no poder usar el móvil. Ya me he acostumbrado a verle así.
No es un dispositivo nuevo, no tiene arreglo y si quiere otro, debe salir de la ciudad en tren. El viaje a la capital más cercana tardaría un día entero entre ir y volver. Y ni hablar de meterse a territorio de la UE, lo deportarían fuera de Europa.
—¡Maldita hojalata china! —, le escucho decir entre dientes, tirando el móvil como si no lo fuera a necesitar nunca más. O son sus ojos los que me dicen que quizá al tirarlo, se arregla la batería o lo que le falla.
Quizá sin el móvil pueda gustar de mí. ¿Qué va a pasar con sus bailes? Ahora no puede grabarse fuera de las catedrales de roca negra. Ya no lo voy a poder mirar si deja de mostrarse al mundo. Nadie verá su piel aceitunada, ni sus ojos oscuros o la incipiente barba que le crece en su rostro que cada vez lo hace más atractivo.
Veo el móvil seguir su curso impulsado por la ira, dando saltos sin sentido. Cada vez que revota va más alto, hasta que se da contra el peor lugar de las calles. Rompe la ventana de un coche. El coche se detiene y Davis se congela.
Lo veo y siento que tiene su mente en blanco. Atónito se levanta, va al coche y comienza a llorar. Yo espero desde las sombras, arrancándome las cutículas de mis dedos. Me siento impotente. Supongo que espera que los daños no sean graves.
Un hombre se baja y lo persigue. Es adulto, fornido y conservado. No le grita, pero escucho como fabrica sonidos como un loco. Son rugidos y alaridos. Se ve que se ejercita, es un bruto con buena estatura. Al alcanzarle le da un golpe de puño en la mejilla y lo tira al suelo inconsciente.
Me acerco para contemplarlo de cerca, no lo toco, pero con una rama le exploro. Es lánguido como un cadáver. Veo que respira. Es más hermoso así inconsciente porque se ve tranquilo. Y él nunca es tranquilo. Tiene las expresiones marcadas. Le marca la tristeza, la frustración y el miedo.
Me quedo ahí cerca, hasta que se hace noche y vuelvo a mi escondite. Davis se despierta. No soy el único que gusta de él. Hay un gato pardo lamiéndole los dientes, sacándole restos del desayuno y masticándolos con la sangre de los labios.
No es raro que en una ciudad como Brelvia nadie se preocupe por los demás. La gente es parca, y no porque los gatos nos comieran las lenguas de bebés, ese es un mito. Sino porque el lugar es tan oscuro, frío y escarpado, que nadie quiere estar fuera de casa.
Es nuestro paraíso de introvertidos y de los gatos, por supuesto. Aunque a veces pienso que hasta ellos se sienten solos en un lugar donde casi no existen los espacios verdes.
Veo a Davis sobresaltarse. Hace a un lado al gato con cuidado y este camina lejos. Mira a su alrededor, le cuesta levantarse y se frota el cuello con ambas manos. Ni el conductor ni el coche con vidrio roto están.
No sé qué hora es, pero creo que vamos a la pizzería donde trabajaba. Al llegar, yo le espío del otro lado de la calle. Me recuesto sobre una banca y finjo dormir usando unas gafas de sol para despistar.
Una de las meseras le ayuda. Se llama Sofija, lo sé porque fuimos a la primaria juntos. Es una chica nerviosa que parece preocuparse más por que Davis no falte que por su salud.
Le cubre con maquillaje hasta desaparecerle las facciones y ocultar el moretón en la mejilla. Le pone labial en los labios rotos. Me encanta lo femenino que lo deja.
Davis tiene que trabajar, aunque sangre por el esfuerzo. Ese es su destino, trabajar o morirse de hambre. Le veo ponerse el delantal, y sirve las órdenes, mientras mendiga propinas con palabras dulces que nadie digiere.
Las horas pasan rápido. Es casi medianoche. Espero atento para seguir a Davis cuando termine el turno. Pero veo que responden al teléfono.
Cuando alguien pide una última orden es Davis quien la entrega. Depende la distancia para que decidan prestarle el coche o no. En este caso parece que es alguien local.
Yo sé que Davis odia su trabajo. Tener que llevar comida a domicilio nunca da buena propina. Aunque le pagan una hora extra, él lo hace a regañadientes.
Lo sigo por los laberintos medievales, evadiendo los más oscuros. Siempre camino a cien metros de él, pero sin perderle de vista. A veces oigo a los gatos afilando sus garras en los callejones.
Lo veo llegar a la dirección. Caminamos tan solo un kilómetro desde el local. Escucho su mano golpear la puerta a ritmo cardiaco, siempre lo hace, supongo que para calmarse los nervios. Me escondo atrás de un muro. Soy uno con las sombras. El aire helado me trae la información que necesito.
Hay algo extraño en esa casa. — No puede ser —, me digo a mí mismo. —No dejes que vaya.
Recuerdo a Janex. Como comenzábamos nuestros días sin ganas. Si se puede llamar comenzar, o de hecho era un día perdido, despertarse por la tarde. Siempre era lo mismo: el aroma al vodka, las pelucas y notas en la cama.
Los números de teléfono de los turistas de la UE, con un nombre siempre grabado con labial rojo. Cuando mancharon el libro de Albert Camus, La mort heureuse. Y Janex quería encontrar a la rubia que lo hizo para vengarse.
Siempre dormíamos los dos y alguien más. Era un tiempo complejo sin opción para mí, o al menos eso pienso. A Janex le gustaba saborear el labial hasta desaparecer las notas que nos dejaban nuestros clientes.
Ellos hablaban con Janex, el mayor, yo el menor. Se quedaban con nosotros máximo tres días. No soportaban más tiempo en esas condiciones. Aún así, fuimos parada obligatoria en su itinerario de viaje por el este.
Parte del trato eran los excesos. La memoria me trae vertido. Consigo apegarme al muro de piedra y vómito lo que tengo en el estómago.
El sabor del pasado no se va. Los recuerdos no pueden ser menos dolorosos.
Janex se quitaba el bóxer, y se ponía una camisa larga y roja. Cerrábamos todas las puertas y ventanas, y vestíamos a los clientes como mujeres. Mirábamos películas francesas y nos acostamos con ellos.
Un día Janex se enteró de que yo estaba enfermo. Supongo que ya se notaba, ya no era atractivo para sus clientes. Así que me abandono a mi suerte. Se mudó de barrio, lo seguí, pero lo olvidé hasta ahora.
Veo a Davis espiar por la cerradura de la puerta. Se lo ve tierno ahí. Apega su oído como escuchando lo que está atrás. Mi respiración se acelera, y el rostro se me congela. No escucho los maullidos de los gatos, es raro.
Esos gatos que siempre están allí para darle vida a la ciudad muerta. Mis oídos están agudizados por el estrés. Veo a Davis acomodarse el uniforme y fingir la sonrisa. Su sonrisa de dientes blancos que dibuja para las propinas.
—Hola, su pizza señor —, escucho a Davis decir, y vuelve a llamar a la puerta. No quiero que lo haga, pero no quiero que me vea así, enfermo. No puedo intervenir.
Casi se me congela la cara por el espanto. Janex abre la puerta por completo, mostrando su erección con la camisa abierta. La misma camisa roja, la misma desnudez.
—Bien, ya era hora, estoy hambriento —, oigo a Janex decirle, mientras sostiene la pizza con una mano.
Advierto que Davis, el chico que me gusta, contempla con avidez aquella extensión de venas, músculo y piel. Quiero que corra, que se aleje de ese loco, pero simplemente se queda de pie.
El rostro de Davis es pálido como si se solidificara por dentro. Deja la pizza a que la sostenga Janex.
—¿Va a pagar en efectivo o con tarjeta? —, le oigo decir a Davis. Tiene la voz rota. Las palabras le brotan tímidas y mojadas en saliva.
Veo a Janex sacar unos billetes, abriendo más la puerta.
Descarado, sin vergüenza, pienso mordiéndome la lengua hasta saborear mi sangre.
—¿Acaso te gusta lo que ves? —, le escucho decir a Janex.
Observo a Davis sacar el bolso del cambio para cobrarse la pizza. Y soy feliz. Quiero que escape de ese nido de araña.
—¿Va a pagar? —, apenas le oigo a Davis. Repite con una vocecita que se le parece al maullido de un felino pequeño. Me molesta verlo así, aterrorizado y avergonzado. Sobre todo, me molesta que se le note que de alguna forma le llamaba la atención Janex.
—Sí, y puedes ganarte una buena propina si decides entrar a mi casa y hacer cositas. Si quieres la buena propina, claramente —, le escucho decir Janex, mientras le exploraba el rostro maquillado a Davis.
Noto a Davis titubear por la propuesta. Es inexperto, me recuerda a mí. Aunque yo era más un compañero para el negocio de Janex que alguien con quien se acostaría. Davis es más como una promesa de mujer guapa.
Veo que Davis agacha la cabeza sin mirarle el rostro, y camina adentro de la casa. Dejan la puerta abierta. Corro y entro ocultándome atrás de un biombo rojo.
—Qué sea buena la propina —le escucho decir a Davis. Parece aterrado y no puede levantar la mirada por la vergüenza.
—Será una buena propina, lo prometo, putita. —, apenas percibo a Janex susurrarle. le veo lo abraza por la espalda. Le recorre por debajo de su campera donde solo lleva una fina camiseta blanca pegada al cuerpo.
Cada caricia que Janex le da, es una lengua de gato que raspa mis neuronas. Me duele la cabeza. Me quema el pecho. Los oigo respirar, gemirse en el oído del otro.
—Vamos, solo relájate y disfruta —, escucho a Janex comentar. Lo veo frotar su dureza contra la tela del pantalón de Davis. Sin poder más, me fuerzo a seguir mirando.
Noto a Davis tan nervioso que deja hablar. Sus ojos tienen el brillo de la desesperación. Los tiene abiertos, redondos y negros.
Quiero decirle a Janex que lo deje, que está en shock. Mientras más los veo, comienzo a escuchar maullidos. Esa voz como de un felino enfermo, agonizante, es Davis. Así lo oigo maullando desamparado por el pasillo, por las escaleras, a la habitación y a la cama de Janex.
Los sigo ocultándome atrás de la puerta. Janex comienza a desnudarlo. Davis tiembla, y la piel se le eriza. Janex lo desnuda, luego distrae su atención en algo debajo de su cama.
Davis y yo finalmente nos vemos a los ojos. El pasea sus pupilas por mis orejas puntiagudas. Se sobresalta cuando ve mi cola, larga y peluda. Me rompe el corazón ver que no se puede mover.
Es la primera vez que experimento algo así, como estar fuera de mi cuerpo. Es como si mis sentidos se expandieran a la experiencia de Davis con Janex.
Me quedo ahí, desdoblándome en sus sensaciones e ideas. Escuchando ruidos y viendo sombras, todo lo que Davis ve.
Noto que Janex se hace de una caja de cuero. La abre y deja ver las pelucas, maquillajes, cuerdas, lencería y hasta una máscara con una pelota que la poníamos en la boca a los clientes.
Algunas cosas nunca se olvidan. No quiero que vuelvan aquellos días de perversión. Ni que Davis fuera uno más en la lista de Janex. No será Janex quien lo vista como a una chica.
Entonces Davis maúlla fuerte, y todos los gatos de Brelvia le respondemos.
Se escuchan sonidos que vienen de los techos, de la calle. Y cuando Janex se percata, estamos rodeados por decenas de gatos. Los hay atigrados, negros, blancos, pardos, etc. Con pelaje largo, cachorros, adultos y hasta los gatos viejos.
Con nuestras lenguas rasposas, garras retráctiles y colmillos nos lanzamos a defender a Davis.
Janex le da una patada a uno, las garras de otro se le clavan en el cuello. Intenta golpearnos con los puños. Yo le agarro de la piel del antebrazo con mi hocico.
En minutos el departamento está cubierto de sangre. Entre el montón de gatos que se comen a lengüetazos a Janex, está Davis. De lo rígido que estaba, le salieron pelos plateados por los capilares. Los huesos se le encogieron tanto que pronto era del porte de los gatos.
Sin más ahora somos gatos comiéndonos a la plaga.
El festín fue largo. Nos comimos hasta los cartílagos, y lamimos los huesos hasta dejarlos sin puntos amarillos. El esqueleto de Janex es una obra de arte brillando blanca a la luz del día. Secándose, puliéndose entre lenguas felinas en el abandono.
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